Los ciegos ante el ser trascendente

“Los ciegos para el Ser pasan incluso por ser los únicos que ven de verdad.”
Martin Heidegger

viernes, 16 de febrero de 2007

Descartes, Discurso del Método, III parte (fragmentos)


Descartes, al emprender la tarea de revisar sus conocimientos, se da cuenta que no puede aplicar la duda sistemática sobre los principios morales y religiosos en un sentido absoluto y total. Es decir, nos explica Descartes, que, al igual que cuando queremos arreglar o reconstruir nuestra casa necesitamos una habitación confortable y aparte, que quede libre de las incomodidades de las obras, necesitaba de manera semejante y por la urgencia de la vida que nos pide actuar moralmente, unos principios si no indubitables, al menos lo más sensatos y probables posibles, hasta tanto revisase también sus creencias morales y religiosas, pues primero revisaría los conocimientos teóricos. De este modo, vemos que la identidad humana exige continuamente una estructura moral a la que acogerse para las ineludibles elecciones éticas que continuamente debemos realizar. Estas elecciones, al optar por unos valores y rechazar otros, nos comprometen con nuestro proyecto vital y con los valores sociales y morales que profesamos. (Ver "Identidad y ética. La constitución ética del sí mismo en la filosofía de Paul Ricoeur", Juan Dianes Rubio, Tesis doctoral. 2003).

"Por último, como para empezar a reconstruir el alojamiento en donde uno habita, no basta haberlo derribado y haber hecho acopio de materiales y de arquitectos, o haberse ejercitado uno mismo en la arquitectura y haber trazado además cuidadosamente el diseño del nuevo edificio, sino que también hay que proveerse de alguna otra habitación, en donde pasar cómodamente el tiempo que dure el trabajo, así, pues, con el fin de no permanecer irresoluto en mis acciones, mientras la razón me obligaba a serlo en mis juicios, y no dejar de vivir, desde luego, con la mejor ventura que pudiese, hube de arreglarme una moral provisional, que no consistía sino en tres o cuatro máximas, que con mucho gusto voy a comunicaros."

En efecto, como decimos, en el terreno de los conocimientos teóricos o científico-filosóficos podemos permitirnos derribar y diseñar la propia casa sin mayor urgencia. Sin embargo, la vida no permite estar sin un diseño moral del mundo.
Hasta tal punto es esencial a la identidad humana este bosquejo del mundo que nos hacemos para obrar, que Descartes lo compara con la habitación o residencia confortable que es necesario tener en la casa mientras trabajamos en su reforma, es decir, mientras los conocimientos se "derriban", se hacen "cimientos nuevos" (se fundamentan en verdades evidentes los nuevos o antiguos ya demostrados), se hacen las "paredes",(estructura de las ciencias), etc.
En definitiva podemos estar en la duda intelectual durante un tiempo pero lo esencial a la identidad, los principios éticos, debemos tenerlos pues es ineludible actuar en la vida.

"La primera fue seguir las leyes y las costumbres de mi país, conservando constantemente la religión en que la gracia de Dios hizo que me instruyeran desde niño, rigiéndome en todo lo demás por las opiniones más moderadas y más apartadas de todo exceso, que fuesen comúnmente admitidas en la práctica por los más sensatos de aquellos con quienes tendría que vivir. Porque habiendo comenzado ya a no contar para nada con las mías propias, puesto que pensaba someterlas todas a un nuevo examen, estaba seguro de que no podía hacer nada mejor que seguir las de los más sensatos. Y aun cuando entre los persas y los chinos hay quizá hombres tan sensatos como entre nosotros, parecíame que lo más útil era acomodarme a aquellos con quienes tendría que vivir;"

Ante una decisión de duda metódica y una voluntad inquebrantable de someter a epojé husserliana (poner entre paréntesis) todos los conocimientos y creencias y, por tanto, ante la imposibilidad de juzgar a que dicha disciplina de duda nos obliga temporalmente, ¿qué mejor sino dejarse guiar por el punto medio o moderación frente a los extremos?
¿Ante la incapacidad voluntaria de juzgar, ¿qué mejor sino dejarse guiar por las opiniones de las personas reputadas por más sensatas y por la religión en que uno ha sido criado? En este sentido afirma Descartes: "Y entre varias opiniones, igualmente admitidas, elegía las más moderadas, no sólo porque son siempre las más cómodas para la práctica, y verosímilmente las mejores, ya que todo exceso suele ser malo, sino también para alejarme menos del verdadero camino, en caso de error, si, habiendo elegido uno de los extremos, fuese el otro el que debiera seguirse."

"Mi segunda máxima fue la de ser en mis acciones lo más firme y resuelto que pudiera y seguir tan constante en las más dudosas opiniones, una vez determinado a ellas, como si fuesen segurísimas, imitando en esto a los caminantes que, extraviados por algún bosque, no deben andar errantes dando vueltas por una y otra parte, ni menos detenerse en un lugar, sino caminar siempre lo más derecho que puedan hacia un sitio fijo, sin cambiar de dirección por leves razones, aun cuando en un principio haya sido sólo el azar el que les haya determinado a elegir ese rumbo; pues de este modo, si no llegan precisamente adonde quieren ir, por lo menos acabarán por llegar a alguna parte, en donde es de pensar que estarán mejor que no en medio del bosque."

En efecto, puesto que la base de su investigación parte de la duda de todo aquello que no sea absolutamente evidente (duda metódica, universal, hiperbólica y teorética), es decir, de todo aquello que no sea claro y distinto, (y los principios éticos no participan de este imponerse a la mente atenta de lo "claro" y de la absoluta diferencia con toda otra idea de lo "distinto"), pues no tenía más remedio que tomar por no evidentes aún los principios morales y religiosos que había elegido como más razonables según las dos primeras reglas de esta moral provisional que adoptó.
por tanto, una vez elegidos los principios y creencias, cualquier duda posterior hubiese supuesto la muerte de la mente en los terrenos pantanosos de la parálisis de la indecisión y la duda sin salida. Esto supondría un "andar errante por el bosque" que siempre es peor que llegar a un sitio equivocado y rectificar a partir de ese error.

"Mi tercera máxima fue procurar siempre vencerme a mí mismo antes que a la fortuna, y alterar mis deseos antes que el orden del mundo, y generalmente acostumbrarme a creer que nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos, de suerte que después de haber obrado lo mejor que hemos podido, en lo tocante a las cosas exteriores, todo lo que falla en el éxito es para nosotros absolutamente imposible."

Fiel a la esencia de su filosofía que parte siempre del pensamiento y no de lo exterior, Descartes prefiere la seguridad de vencerse a sí mismo que caer en la aventura del deseo y en los enredos de la ambición tratando de contradecir a la fortuna o acontecimientos de la vida. Prefiere cambiar, mediante una voluntad férrea, su mundo interior de deseos que embarcarse en la carrera de ambicionar lo dificil exterior, pues "nada hay que esté enteramente en nuestro poder sino nuestros propios pensamientos"; es decir, todo lo demás es en gran manera ilusorio, inconstante y sometido a la fortuna cambiante.


"En fin, como conclusión de esta moral, ocurrióseme considerar, una por una, las diferentes ocupaciones a que los hombres dedican su vida, para procurar elegir la mejor; y sin querer decir nada de las de los demás, pensé que no podía hacer nada mejor que seguir en la misma que tenía; es decir, aplicar mi vida entera al cultivo de mi razón y adelantar cuanto pudiera en el conocimiento de la verdad, según el método que me había prescrito. Tan extremado contento había sentido ya desde que empecé a servirme de ese método, que no creía que pudiera recibirse otro más suave e inocente en esta vida; [...] Habiéndome, pues, afirmado en estas máximas, las cuales puse aparte juntamente con las verdades de la fe, que siempre han sido las primeras en mi creencia, pensé que de todas mis otras opiniones podía libremente empezar a deshacerme; y como esperaba conseguirlo mejor conversando con los hombres que permaneciendo por más tiempo encerrado en el cuarto en donde había meditado todos esos pensamientos, proseguí mi viaje antes de que el invierno estuviera del todo terminado."

Por fin, Descartes nos confiesa que no encontró mejor ocupación u oficio para dedicarse a él en cuerpo y alma que lo que ya hacía, filosofar, tal era su amor a esta tarea tan noble del pensamiento.

jueves, 15 de febrero de 2007

El mal y la fragilidad humana


Cualquier aspecto de nuestra existencia puede favorecer o entorpecer el proyecto de totalidad en el bien o proyecto ético. Éste a su vez repercute y modela nuestra identidad. La identidad, por tanto, con todas sus dimensiones o aspectos está en íntima relación con la ética.

Ricoeur define tres modos de intermedialidad según tres capacidades del hombre: la razón que busca la verdad, la acción cuyo objeto es el bien y el sentimiento (corazón) como síntesis o intermedialidad total del hombre. El corazón es el centro electivo del yo que “mira” al ideal de “vida buena”, es decir, la voluntad que libremente ama y sigue el bien manteniendo responsablemente las fidelidades en los compromisos, (ser responsable como cuarta manifestación de las capacidades del sí).

La primera parte de Finitud y culpabilidad (El hombre falible) constituye el “puente” que la antropología filosófica va a tender desde la fenomenología puramente descriptiva (Lo voluntario y lo involuntario) hasta La Simbólica del mal que es ya una hermenéutica fenomenológica. La Simbólica del mal a su vez, enlaza los mitos del mal con el razonamiento filosófico. El motivo de este “puente”, a su vez, es una necesidad de tipo ético: la comprensión, confesión y asunción responsable del mal en vista a lograr la comprensión y autonomía del «sí».

Al tratar de comprender el autor la conexión recíproca entre la libertad y el mal reconoce que no es posible abarcar solamente desde la visión ética toda la problemática del hombre y del mal. Esta constatación parece “reblandecer” nuestra tesis. Sin embargo, no pretendemos que la dimensión ética sea en Ricoeur dominadora de todas las demás sino necesaria para una plenitud de identidad desde un plano existencial de realización del hombre.

Ricoeur pone la superioridad de la conciencia que asume la culpa en el descubrimiento de una mayor densidad de la propia conciencia. Por tanto, la superioridad existencial depende de una condición ética (asumir la culpa). Así mismo, la conciencia de libertad y la plena posesión de nuestro pasado por nuestra memoria, identidad, depende de este mismo aspecto (confesión de la culpa) y es condición de la alegría del «sí». Por tanto se considera la dimensión ética de la identidad como integrante de una existir plenamente humano.

La antropología filosófica de Ricoeur, orientada por el concepto de labilidad, afirma la necesidad de partir del compuesto mismo finito-infinito, es decir, del “hombre integral”; partir de su propia in-coincidencia consigo mismo y de la mediación que realiza por el hecho de existir. Esta mediación no es otra cosa que la manifestación de su capacidad de responsabilidad, y ésta, a su vez, nos remite a uno de los conceptos centrales de Soi-même comme un autre (Sí mismo como otro), ser responsable.

El concepto de labilidad es el modo indispensable de comprender la inserción del mal en la falla de la fragilidad humana. En virtud de mi fragilidad como ocasión y como origen tengo capacidad de realizar el mal. Mediante este concepto vemos la conversión del libre albedrío en «siervo albedrío» para comprender la disminución de ser y de felicidad que supone esta identidad disminuida por el mal y esclava de sí misma. Es la libertad humana la que transforma la posibilidad del mal en realidad de hecho y la antropología en ética. Culmina así una filosofía descriptiva pura del hombre para introducirse en una hermenéutica fenomenológica que resalta la dimensión ética como posibilidad de plenitud o de degeneración del sí, dependiendo del uso de su libertad.

El concepto finito de carácter supone que el «sí» posee grados de realización ética o humana. Esto implica que tanto uno mismo como el otro somos “sujeto potencial” de perfecciones que reconocemos como valores pero también de cualquier «contravalor», lo que inclina al amor y al respeto, considerando al otro como a uno mismo y a sí mismo como al otro, lo cual enlaza la ética explícita de Sí mismo como otro con la dimensión moral que descubrimos en Finitud y culpabilidad.

Poner la felicidad como la globalidad de todas las trascendencias o desbordamientos del hombre y poner el mal como factor de disminución de la autonomía y de la plenitud humanas supone poner la perfección ética como clave de la perfección del sí. El gozo del sí sólo se consigue no ponderando fines intermedios por encima de la felicidad –que serían consecuencia del deseo o elemento finito del sentimiento- sino poniéndola como el fin de todos los fines en cuya consecución no me someto a la inclinación del deseo.

El sentimiento tiene relación con lo que consideramos bueno o malo. Es el corazón que asciende al ideal o desciende a lo concupiscible y ha de guiarse por el «ideal ético» pasado por el tamiz del «imperativo moral». Existe, por tanto, una profunda sintonía entre esta concepción del sentimiento como “armonía electiva” y la concepción ética presentada en Soi-même comme un autre.

Ricoeur considera que el esclarecimiento de la facultad intermediaria del “corazón” ha de buscarse en el plano de pasiones interhumanas, sociales y culturales como lo son la trilogía de pasiones del tener, el poder y el valer. Por tanto, el "corazón" que ha sido considerado esencial en la constitución de la persona, es ahora puesto en conexión con pasiones que, afectando a la vida intersubjetiva, tienen la posibilidad de ser calificadas éticamente.

martes, 13 de febrero de 2007

Implicaciones éticas de la filosofía de la voluntad


Paul Ricoeur ha construido una antropología filosófica que es, a su vez, una ontología. Esto ha supuesto, de hecho, el paso previo a la construcción de una ética en armonía con su filosofía. Las tesis antropológicas principales que el autor afirma en la Philosophie de la volonté se encuentran vinculadas al problema del mal - que he desarrollado en mi tesis doctoral, como posibilidad en el capítulo II y como realidad en el capítulo III-.

Esta problemática filosófica responde a una de los núcleos polarizadores de su filosofía: una intencionalidad ética, que se explicita plenamente en otras obras.

Ricoeur elabora en L´homme faillible el concepto de labilidad. La conclusión fundamental a efectos éticos que en ella se establece es que la posibilidad del mal moral se halla inscrita en la constitución del hombre.

La falta y la trascendencia son excluidas en un primer momento en la descripción fenomenológica de la voluntad realizada en Le volontaire et l´involontaire. Sin embargo, las estructuras de lo voluntario y de lo involuntario no pueden comprenderse plenamente sin los aspectos éticos y trascendentes, tal como afirma el propio autor.

Esta descripción fenomenológica de lo voluntario y lo involuntario supone ya la experiencia plena de la falta pues Ricoeur siempre ha mantenido que la comprensión parte siempre de una pre-comprensión, de una experiencia.

Los conceptos que forman la estructura de Le volontaire et l´involontaire, «proyecto», con su referencia al hacer, «motivo», con sus componentes de emoción y hábito, y «consentimiento», con su referencia al involuntario absoluto (carácter, vida e inconsciente) son descripciones de la estructura “neutra” del hombre que el autor realiza con vistas a una antropología que incluya la falta (culpa) y la trascendencia así como conceptos que están íntimamente relacionados con una filosofía práctica en sentido kantiano, los cuales forman la base de toda posible ética. Estos análisis eidéticos se corresponden con una dialéctica totalizadora de la actividad y de la pasividad que suponen una ética implícita.

sábado, 10 de febrero de 2007

Las Tres Líneas del Trabajo. El Recuerdo de Sí.

El Trabajo afirma: IDEA-TRABAJO

Hay tres líneas de Trabajo —el Trabajo sobre sí mismo, el Trabajo en relación con los otros y uno mismo, y el Trabajo en conexión con el Trabajo mismo y uno mismo en relación con él.
(Maurice Nicoll, Comentarios Psicológicos sobre las Enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky, Tomo III)

En este aspecto a tratar, quiero centrarme sobre la Primera Línea del Trabajo sobre sí mismo. Pero ello está tan íntimamente ligado a las otras dos líneas, que es necesario explicitar las tres, antes de ser capaces de enunciar algo con sentido sobre la Primera Línea.

Como decimos, la Primera Línea de Trabajo es el Trabajo sobre sí mismo. Lo primero a tener en cuenta es que si una persona no cumple las tareas del trabajo sobre sí, la Segunda Línea de Trabajo seguirá siendo para ella algo teórico que no dará ningún fruto. Será algo absolutamente inútil para ella y ella misma se convertirá en un elemento de distorsión para los demás elementos del grupo de Trabajo.

El trabajo sobre sí se compone de todo lo esencial del mismo en la práctica (o para practicar) y es el punto de partida absolutamente necesario para el que quiere recorrer la senda del desarrollo interior por el método del Cuarto Camino que Gurdjieff trajo a Occidente.

Si una persona no practica la consideración externa (tratar de considerar a los demás y comprenderlos en sus circunstancias personales como se comprendería a sí misma en esas circunstancias), si está continuamente haciendo consideración interior (pensando y llevando cuentas de las ofensas o supuestas ofensas que los demás le infringen) no será capaz de trabajar en conexión con los otros en un grupo y, por supuesto, no será capaz de ser en la vida un buen Maestro de Casa o persona eficiente que cumple sus deberes cabalmente.

A este respecto nos advierte Nicoll, en el tomo III de sus Comentarios Psicológicos, que el trabajo en la Segunda Línea: “exige consideración externa— es decir, ponerse en la situación de los otros. El Trabajo sobre sí nos ayuda a aprender de qué modo se puede vivir más conscientemente en las cuestiones cotidianas. Por regla general nos identificamos a tal punto que terminamos el día en el lado deudor. Todas las cosas "salieron mal" y todo el día estuvo de mal humor. Esto es, la vida lo ha conquistado a todo lo largo del día y eventualmente le ha extraído toda la fuerza consciente que hubiera podido tener. Le ha quitado y en cambio no le ha dado nada. Ya habrán comprendido, ustedes, que es preciso encontrar algo que impida ese drenaje producido por los aconteceres diarios de nuestra existencia mediante el iden­tificarse y el considerar.”

En efecto, la enseñanza del Trabajo afirma en el tema de la mecanicidad que mientras permanezcamos en ella la fuerza de que disponemos (que es reserva de la conseguida durante el sueño) nos será extraída continuamente por factores de la mecanicidad del hombre nº 1, 2 y 3 tales como las preocupaciones, la ansiedad, la negatividad en nuestra imaginación y pensamiento y por el fenómeno de la identificación que nos hace perder la consciencia de nosotros mismos, la imparcialidad y, en definitiva, la bendición que supone el Recuerdo de Sí: “Así el Trabajo en­seña al principio: "Un hombre debe recordarse a sí mismo." ¿Por qué? Porque si cada cual se recuerda a sí mismo, detiene ese terrible drenaje de fuerza que tiene lugar debido al continuo identificarse […] Les aseguro que todos nosotros somos así. Hacemos, debido a este acostumbrado identificarse y de este modo la falta de Recuerdo de Sí —hacemos, digo, las cosas más triviales y estúpidas como si tuviesen enorme importancia y por tanto padecemos esta grave en­fermedad, este mal de la humanidad dormida, que el Trabajo diagnostica como el Identificarse. El señor Gurdjieff decía que era la peor enfermedad del planeta. Y, como es sabido, el sistema del Trabajo explica que cuando un hombre o una mujer se identifica por completo está dormido y en una con­dición de hipnosis y así es usado por los dos pastores de ovejas que controlan para sus propios fines la terminal Tierra-Luna —a saber, carne y lana—. Así las guerras, las revoluciones, las epidemias prosiguen —excelente oportunidad para obtener mucha carne y lana—. Ahora, bien, una de las principales ideas de las "buenas nuevas", como Gurdjieff llamaba el Trabajo que introdujo en Occidente, es la posibilidad que tiene el hombre de despertar, separarse del hipnotismo Tierra-Luna. ¿Cómo? Por un acto interior llamado Recuerdo de Sí." (Obra citada, Tomo III).

El recuerdo de Sí, llamado también el “Primer Choque Consciente” es el centro y corazón de la enseñanza del Cuarto Camino como la primera gran consecución a realizar. Luego le siguen otras etapas simbolizadas en lo que se denomina el “Segundo Choque Consciente” o despertar del Centro Emocional Superior que es el supremo objetivo del Trabajo.

Pero para la consecución del “Primer Choque Consciente” es necesario lo que el Trabajo enseña sobre: “la observación de sí, la no consideración, la no identificación, la no auto-justificación, la no auto-compasión, el no abandonarse a las emociones negativas sin lucha alguna, el no creer en los pensamientos que se presentan en los estados negativos, el no permitir que uno se mienta a sí mismo, el no vivir en retratos de sí, y ciento y una otras cosas que hemos estudiado durante todos estos años en este sistema. Pero lo más importante es el Recuerdo de Sí. Si prescindimos del Recuerdo de Sí, prescindimos del verdadero acto psíquico, ejecutamos internamente, que constituye el Primer Choque Consciente. Es mediante el Primer Choque Consciente como nos apartamos del extraño sueño hipnótico de la humanidad sobre la Tierra.

Este es el corazón y la sustancia de las "buenas nuevas" aportadas por Gurdjieff a Occidente —y Gurdjieff lo llamaba el "cristianismo esotérico"—.” (Obra citada, Tomo III).

Respecto del “Primer Choque Consciente” Gurdjieff enseñó que es necesario darlo en el lugar de las “impresiones entrantes” en la máquina humana. Enseñó que el hombre, la mujer, no digieren el alimento de las impresiones. Hemos de decir que el alimento aire se digiere por un estómago: los pulmones. El alimento ordinario (los líquidos y sólidos que comemos) son digeridos por el estómago ordinario, pero para digerir las impresiones que entran por los órganos de los sentidos debe­mos crear un estómago dentro -en el piso superior de esta llamada “máquina humana” por Gurdjieff- que es nuestro cuerpo físico: “¿Cómo se puede "digerir" la vista de una persona que nos es antipática? ¿Acaso todas las personas que conocemos no son impresiones que se reci­ben? El Trabajo enseña que a la máquina humana se le da un choque mecá­nico llamado respiración. Enseña luego que es posible dar a la máquina hu­mana donde vivimos, alimentada por los tres alimentos, primero el alimento ordinario, segundo el alimento del aire y tercero el alimento de las impre­siones, cierto choque que no es dado mecánicamente. Este choque sólo es dado conscientemente. Así es llamado el Primer Choque Consciente. Y, como dije, es este Primer Choque Consciente lo que distingue al hombre inmerso en la vida, dominado por las influencias hipnóticas de la vida, del hombre que se separa del sueño hipnótico y va hacia la Humanidad Consciente, a la cual Cristo denomina el Reino de los Cielos. Así cabe decir a modo de co­mentario que existen los que viven mecánicamente, sólo ayudados por el cho­que mecánico del aire, y los que se dan el Primer Choque Consciente. ¿No ven que los últimos son diferentes de los primeros? La máquina humana puede vivir muy bien sin que se le dé el Primer Choque Consciente. Enton­ces sirve a la Naturaleza y a los propósitos de la terminal Tierra-Luna. Pero el Hombre fue creado como un organismo auto-desarrollante. Fue creado no sólo para servir a la Naturaleza, sino para servir a otro orden de leyes, de las cuales se habla en cada página de los Evangelios. Fue creado con la posibi­lidad de recordarse a sí mismo —esto es, de darse el Primer Choque Cons­ciente—.” (Obra citada, Tomo III).

En definitiva, la enseñanza del Trabajo es extensa y guarda una estrechísima conexión en todas sus partes. Es una enseñanza para practicarla y vivirla como único modo de experimentar lo que dice.

El “Primer Choque Consciente” no está sino apenas esbozado. El Trabajo en su primera Línea, igualmente; lo trataremos de desarrollar en artículos posteriores. Pero lo dicho puede ir ayudando a todo aquel que se quiera interesar por este maravilloso método de Desarrollo interior. Maravilloso y que requiere esfuerzo, valentía y constancia; no apto para los débiles o para los que están contentos sólo con lo que tienen en la vida.

Terminemos con unas palabras de Nicoll: “Pero si alguien quiere ver, formular, comprender y visualizar mentalmente de qué trata el Trabajo, todo cuanto se dijo anteriormente puede ayudarlo en los momentos en que se olvida todo y cae en el sueño. La mente puede en­tonces ayudarlo —pero sólo si ha registrado la fuerza, el plan general, y en verdad el meollo mismo del Trabajo en su memoria. Si el Trabajo sigue siendo algo escrito en un pizarrón y no en nuestros pensamientos más íntimos, entonces nada podrá ayudamos. Nos pasaremos la vida buscando un pizarrón más grande.” (Obra citada, Tomo III).