Los ciegos ante el ser trascendente

“Los ciegos para el Ser pasan incluso por ser los únicos que ven de verdad.”
Martin Heidegger

viernes, 17 de agosto de 2007

Tener, poder y valer. La pasiones "sociales" y la integridad moral

Ricoeur atribuye el conflicto en el terreno de los afectos a la desproporción entre el principio del placer y el principio de la felicidad. El dualismo que se manifestaba en el terreno del conocimiento en la síntesis del objeto, en la afectividad se manifiesta como fragilidad por excelencia “al interiorizar el dualismo entrañado en nuestra humanidad”. El sentimiento o “corazón”, como intermediario o síntesis de la afectividad, abarca la afectividad que se sitúa entre “los afectos vitales y los sentimientos espirituales”, es decir lo situado en el punto intermedio entre bios y logos. El vivir y el pensar, manifestaciones de estos dos conceptos “se mueven sucesivamente a una y otra orilla del «yo»”.
Sólo mediante el “corazón”, dice Ricoeur, toma el deseo el carácter diferencial y la carga subjetiva que le convierte en un «yo». En esta labilidad del “corazón” encuentra nuestro autor el punto de inserción de la auto-preferencia egoísta que hace posible la culpa. Es decir, la preferencia de sí mismo, que constituye la culpa, encuentra en la fragilidad del “corazón” como intermediario y base del «yo», su posibilidad. Por tanto, el «sí mismo», la identidad, posee una estructura dependiente esencialmente de la dimensión ética de nuestra existencia ya que su integridad va a depender de la fidelidad que guardemos en esta dimensión respecto de su polo infinito o “sentimientos espirituales” contrapuesta por Ricoeur, al seguimiento del deseo - polo finito de la auto-preferencia egoísta-.
Entre las pasiones que afectan al hombre Ricoeur estudia las que establece Kant en su antropología. Son las correspondientes al tener, al poder y al valer. A partir de aquí, Ricoeur va a esclarecer la facultad intermediaria del “corazón” apoyándose en la trilogía de pasiones de esta antropología. […].
Más adelante, refiriéndose el autor a la pasión del tener y a la relación del yo con lo poseído, conecta esta pasión con ciertas formas de relación con los demás, ya que la estricta relación de pertenencia de las cosas a un yo –lo mío, lo tuyo- sirve de diferenciación estricta de los sujetos, de separación de las subjetividades. Sin embargo, según Ricoeur, en sentido absoluto, la multiplicidad de sujetos no supone una multiplicidad numérica de los mismos: “En todo yo queda un margen de indiferenciación espiritual que posibilita la comunicación y que hace del otro mi semejante”. Nos encontramos aquí con una de las tesis más ricas en consecuencias a la hora de ser aprovechada en orden a una fundamentación de la estima de sí y de la solicitud por el otro. Se trata, en efecto, de una de las afirmaciones más atractivas y misteriosas de Ricoeur que va posteriormente a enunciar fuertemente en Soi-même comme un autre. En efecto, en esta obra va a intentar esclarecer el “como” de Sí mismo como otro, en sentido fuerte, identificando al «yo» con el «tú» mediante el «sí».
Ricoeur se pregunta más adelante por la inocencia o culpabilidad del poseer -«tener»-: “¿Quiere esto decir que es imposible de concebir cualquier tipo de inocencia en el poseer, que el tener es culpable ya en su misma raíz y que la comunión humana sólo es posible a costa de la desapropiación absoluta?”, concluyendo, a continuación, que ciertas formas de posesión histórica, evidentemente, afrentan a la humana dignidad y fueron suficientemente criticadas por el socialismo del siglo XIX, pero que, si admitimos la posibilidad de la bondad humana, aún a modo de utopía futura, esta bondad implica la inocencia de cierta posesión. Busca, por tanto, una posesión justa: “Es necesario que pueda trazarse una línea divisoria que pase no entre el ser y el poseer, sino entre una posesión injusta y una posesión justa, con que pudiesen distinguirse los hombres, sin excluirse mutuamente”. Ello supone, por su parte, la intencionalidad de descubrir el modo de situar en el plano de la perfección ética todas las dimensiones o facetas del sí mismo al objeto de concebir cómo este «sí» puede acceder a una identidad plena y feliz.
Nuestro autor considera la pasión del poder como la segunda raíz de la afirmación del yo, vinculada a “su existencia dentro de unas relaciones de poderío”. Esta pasión, -el poder- no se reduce a la anterior afirmación del yo –el tener-, sin embargo, el tener está doblemente implicado en ella: a causa de la posesión tecnológica y a causa de la posesión económica y social. Estudia dentro de esta afirmación del sí constituida por la pasión del poder las patologías de tal pasión. Es un estudio mediante variaciones imaginativas muy en consonancia con el método fenomenológico. Las patologías del poder (sentimientos de poder que afectan a nuestra identidad) son conocidas si se presupone un modelo de actuación del poder éticamente sin tacha. Este modelo de ejercicio del poder estaría constituyendo una identidad no disminuida, constituyente y participante de la vida buena con otros en las instituciones. De idéntico modo, pero a la inversa, las patologías del poder, un poder “marcado por la violencia”, dice Ricoeur, terminan por alejar de sí mismo al hombre. Alejar de sí mismo al hombre no puede ser comprendido de otro modo sino en relación y como consecuencia de la culpa que disminuye el yo y lo aleja de su plenitud, siempre en conexión con pasiones que se refieren a relaciones interpersonales, sociales y culturales, por tanto en un contexto donde se ejercen virtudes relacionadas tanto con el amor (amistad) como con la justicia. De aquí deducimos las múltiples dimensiones que la identidad posee y las múltiples realidades mundanas que se relacionan con ella. En todas estas realidades vemos que lo ético supone un clímax que lleva a la identidad a una plenitud de realización que se traduce en la dicha del sí o felicidad. […].
El límite de mi libertad está en no poder disponer arbitrariamente del otro; de este modo descubro la objetividad: “Consiste la objetividad en que yo no puedo emplear a otro simplemente como instrumento, ni disponer de las personas como si fueran cosas”. Nos encontramos ante el imperativo categórico kantiano; la idea propia de «humanidad», a la cual Kant llama también objetividad y que no es más que el objeto propio de la estima: la idea del hombre o «humanidad» en nuestra persona y en la persona del otro. […].
La misma humanidad que amo valorativamente en el otro la amo en mí y porque el otro la ama en mí. He aprendido a valorar en otros lo que otros con su aprecio hacia mi conducta me han enseñado a valorar en mí. Esta formación de la idea de sí mismo mediante la valoración ética del otro –que aumenta mi propia estima dándome un incremento de identidad y de dicha- demuestra la profunda imbricación entre identidad y ética, no siendo la hermenéutica del sí de Ricoeur sino una ontología existencial que sirve de entramado para esta construcción ética: la construcción del modo en que el hombre llega a su máxima realización. […].
“¿Qué queremos decir al afirmar que el hombre es «lábil»?” pregunta Ricoeur. La labilidad no es otra cosa que el llevar “marcada” en su propia constitución –que es lo que Ricoeur ha descrito en estas primeras obras- el mal moral como posibilidad siempre presente en ella.[…].
Por tanto, la labilidad o debilidad del hombre hace posible el mal. Ricoeur admite esta idea en los sentidos de “hacer posible” como ocasión, como origen y como capacidad. Como ocasión significa que esta fragilidad es el “punto de menor resistencia” por donde puede penetrar el mal en el hombre y en la existencia humana. Pero de esta simple posibilidad a la ejecución o realización del mal, existe un salto o abismo, dice Ricoeur, que está contenido en el enigma de la culpa. […].
La ética, nos dice Ricoeur, presupone siempre en el hombre el fallo, la caída, el mal ya existente. Es por esto por lo que se propone educarle mediante la normatividad. El hombre ha fracasado en la realización de la “humanidad” dentro de sí. La filosofía desde la dimensión ética tiene como presupuesto implícito la división entre el bien y el mal y esa caída previa del hombre desde una inocencia original o modelo de humanidad. La inocencia representa la fragilidad aún sin la culpa efectiva. Aparece de este modo el segundo sentido de la labilidad, el de origen del mal, cuando la debilidad resulta vencida por el mal y el hombre, libremente, cede a esta presión. […]. Es decir, la fragilidad es la posibilidad de que el mal entre en la vida de la humanidad, pero no es el mal en sí como a lo largo de la historia de la filosofía lo han señalado algunos autores con lo que ello implica para, en ese caso, verse el ser humano imposibilitado para salir del mal puesto que la fragilidad no sería susceptible de ser erradicada de nuestra naturaleza al formar parte de ella.
Capaz de caer, es decir, ceder voluntariamente al mal. Este es el significado de «labilidad» como origen, es el punto de donde arranca el mal en el mundo. Por último, el significado de capacidad del mal deriva de los dos anteriores; en virtud de mi fragilidad como ocasión y como origen tengo capacidad de realizar el mal.
(Identidad y Ética. La constitución ética del sí mismo en la filosofía de Paul Ricoeur. Tesis doctoral. Juan Atº. Dianes Rubio, Cádiz, 2003. pp. 88 – 97.)

Nota: Para una mayor simplicidad en un artículo de esta naturaleza han sido suprimidas las notas y citas.

martes, 14 de agosto de 2007

Tao Te Ching : una lectura


Los primeros filósofos taoístas, a pesar de que su decadencia como filosofía y religión se produjera en el siglo x de nuestra era, e incrementada por el detrimento del confucianismo, germinaron teorías y pensamientos que veintiséis siglos después siguen siendo magistrales.

Inequívocamente el Tao te Ching es uno de los libros más sublimes que tras haber sido traducido, nos obsequia con una lectura fresca y pausada del pensamiento oriental.

Estos textos poseen una lectura de fácil comprensión, que debe ser realizada con diligencia, ya que la obra presenta la posibilidad de descubrir la conexión directa y a la vez oculta del hombre con la Naturaleza y todo el entorno que lo rodea, así mismo como del yin y el yang, ayudándonos a encontrar un punto neutro entre ambos.

Siendo poseedora de caracteres distintivos de grandeza y sencillez admirables, al mismo tiempo tales características, hacen de esta publicación, un trabajo literario completo altamente recomendable como libro de cabecera para aquellos que trabajan la meditación y el crecimiento interior.

lunes, 13 de agosto de 2007

Verdaderos y falsos iniciados en el sendero


Sin descartar que alguien pueda poseer algún tipo de los llamados "poderes" y servirse de las capacidades de los cuerpos etérico, astral y mental en bien de sus semejantes, la mayoría de supuestas ayudas, adivinaciones o curaciones son, en mayor o menor grado, cuentos o pseudo-verdades que no cumplen lo que ofrecen. Otras son el empleo de poderes de modo egoísta, es decir, que de algún modo hacen el mal a sus semejantes.

Ejemplo del empleo para el mal del ocultismo o del mal empleo egoísta del mismo, es cuando se realizan operaciones para intentar sobresalir sobre otra persona, conocer secretos que afectan a la intimidad de otros, obtener poderes para emplearlos en supremacía sobre otros, riquezas, etc. Una prueba infalible del ocultista desviado del profundo y positivo fin de la sabiduría es el que cobra un precio fijo por ello. Otra cosa es que acepten lo que se les quiera dar, sobre todo, si viven de eso.

El auténtico ocultista, la persona iniciada y santa es un elemento muy raro en nuestro mundo egoísta y materialista, mundo de engaños, de pequeñas o grandes brujerías, cuando no de supersticiones inútiles o nocivas, pues consiste en esencia en un desarrollo superior de la voluntad sobre las pasiones y en un practicar contínuamente la caridad: el querer amplio y universal del bien de todos, nunca el desear pasional.

Es un ideal dificil. Claro, sólo se exige lo que uno pueda ir haciendo poco a poco, constantemente en el bien y el estudio de la sabiduría. Este régimen espiritual de amor universal y depuración de deseos, pasiones y dieta -no olvidemos que ningún glotón ni borracho sintoniza fácilmente con la santidad o el espíritu-, es lo que produce de un modo natural los llamados poderes que, además, han de ser usados con modestia y sin airearlos vanidosamente, sólo para el bien y con precaución infinita.

Pues bien, la auténtica limpieza interior, previa a la iniciación en el sendero, los que debemos producirla somos nosotros con el tipo de vida que enuncio arriba. Lo demás son engaños, mentiras para consuelo de incautos que se dejan el dinero y salen estimulados si tienen fe en eso, pero por poco tiempo, hasta que los dominan otra vez sus demonios particulares: su falta de conciencia, su no-recuerdo de sí, su no observarse a sí mismos, su identificarse con todo pensamiento sea bueno o malo, sus resentimientos y su llevar las cuentas de lo que supuestamente les hacen los demás.

viernes, 3 de agosto de 2007

Lao Tse: Lo misterioso femenino

LAO TSE: Tao The King, Capítulo VI

El espíritu del valle no muere.

Es la hembra misteriosa.

La puerta de lo misterioso femenino es la raíz del universo.

Ininterrumpidamente, prosigue su obra sin fatiga.

El espíritu de acogida, de comprensión, de amor; el espíritu que es capaz de abarcar los extremos en aparente contradicción: alto y bajo, riqueza y pobreza, calor y frío, húmedo y caliente, cercano y lejano, tal como ya enunció el gran Heráclito, es decir, “El espíritu del valle” ni muere ni puede morir porque en su esencia es amor y el amor es inmortal.

Tradicionalmente se ha comparado o identificado con “la hembra misteriosa” con el espíritu femenino. Debe ser un honor para la mujer poseer esta cualidad sin dejar de poseer todas las demás cualidades dignas de todo ser humano.

Puesto en clave cósmica, Lao Tse eleva este honor hasta hacerlo “la raíz del universo”. ¡Qué distinto de aquellos que, sin sabiduría, quieren hacer de lo fuerte, lo masculino mal entendido, lo violento, lo que predomina en lo social, en lo político, en lo económico, en lo militar y en lo religioso, la clave de todo; simplemente porque un poder ejercido y mantenido por el miedo, el dinero o la fuerza se lo ha concedido durante siglos! Esto es la inercia en la muerte y el odio.

La puerta de lo misterioso femenino”, que también puede ser patrimonio del hombre en su espíritu como comprensión, acogida y amor, “prosigue su obra sin fatiga”, “Ininterrumpidamente”, dice Lao Tse. ¡Qué lección de perseverancia en la no violencia, en lo suave, en el hacer sin ruido y constante que construye las grandes obras.

Aprendamos de este gran sabio. Aprendamos de Lao Tse a apreciar “lo misterioso femenino”, a no despreciar lo, aparentemente, sin fuerza ya que “es la raíz del universo”.

Comentario: Juan Dianes Rubio.

jueves, 2 de agosto de 2007

OUSPENSKY: EL SISTEMA NO ES MÍO

Ouspensky afirma al principio de lo que podemos considerar su obra magna que el sistema que está transmitiendo no es suyo.
¿Qué quiere decir con esto? En primer lugar que, por muy genial que a él se le considere, su mente es humana, limitada. Su mente no llega siquiera al punto del Hombre nº 4 u Hombre equilibrado, cuanto menos al tipo de Hombre superior, al Adepto, al Iluminado, al nivel de un Buda, por ejemplo.

¿Dónde apunta esta afirmación? A que el Trabajo es el resultado de mentes semi-divinas o mentes fuera de este mundo que plantaron esta semilla de sabiduría en la Tierra en épocas antiquísimas. Apunta a que el Trabajo no es para ser discutido al modo normal que se discuten las cosas intelectualmente: para seguir siendo escépticos, para ponerlas en duda, para desde la mente sensual que está satisfecha de sí misma y de su saber y de sus posesiones materiales afirmar el ego. Al modo del que satisfecho por su éxito en la vida, de su fama no quiere comenzar algo que apunta más allá, fuera de la vida. No, el Trabajo es para aquellos que, intuyendo que contiene algún tipo de saber sobrehumano, sin embargo, sólo irán aceptándolo en la medida en que, al practicarlo, vean por experiencia propia interior y exterior sus maravillosos efectos en el aumento de nuestro ser y nuestra consciencia.

«Antes de empezar a explicarles de modo general sobre qué trata este sistema, y de charlar acerca de nuestros métodos, quiero grabar particularmente en sus mentes que las ideas y principios más importantes del sistema no me pertenecen. Esto es principalmente lo que los hace valiosos, porque, si me pertenecieran, serían como todas las otras teorías inventadas por las mentes corrientes: sólo darían una visión subjetiva de las cosas.
Cuando comencé a escribir, en 1907, Un Nuevo Modelo del Universo, me formulé, como muchas otras personas antes y desde entonces, que detrás de la superficie de la vida que conocemos, hay algo mucho mayor y más importante. Y entonces me dije que hasta que conozcamos más acerca de lo que hay detrás, todo nuestro conocimiento de la vida y de nosotros es realmente desdeñable. Recuerdo una conversación de esa época cuando dije: "Si fuera posible aceptar como probado que la consciencia (o, como la llamaría ahora, la inteligencia) puede manifestarse aparte del cuerpo físico, podrían probarse muchas otras cosas. Sólo eso no puede tomarse como probado". Comprendí que las manifestaciones de la psicología supernormal, como la transferencia del pensamiento, la clarividencia, la posibilidad de conocer el futuro, la retrovisión del pasado, etc., no habían sido probadas. De modo que traté de hallar un método de estudio de estas cosas, y trabajé en esa línea durante varios años. […].De modo que empecé a buscar estas escuelas. Viajé por Europa, Egipto, India, Ceilán, Turquía y el Cercano Oriente; pero realmente fue más tarde, cuando ya había concluido estos viajes, que encontré en Rusia, durante la guerra, a un grupo de personas que estudiaban cierto sistema originalmente proveniente de las escuelas orientales. Este sistema comenzaba con el estudio de la psicología, exactamente como yo había comprendido que debía empezar.
La idea principal de este sistema era que no usamos siquiera una pequeña parte de nuestros poderes y fuerzas. Por así decirlo, tenemos en nosotros una organización grandísima y finísima, sólo que no sabemos cómo usarla. En este grupo empleaban ciertas metáforas orientales, y me dijeron que tenemos en nosotros una casa grande, llena de bellos muebles, con una biblioteca y muchas otras habitaciones, pero vivimos en el sótano y la cocina, y no podemos salir de allí. Si la gente nos habla sobre lo que esta casa tiene escaleras arriba, no le creemos, o nos burlamos de ella, o a eso lo llamamos superstición, o cuentos de hadas, ó fábulas.
Esté sistema puede dividirse en estudio del mundo, sobre ciertos principios nuevos, y estudio del hombre. El estudio del mundo y el estudio del hombre incluyen en sí una suerte de lenguaje especial. Tratamos de usar palabras corrientes, las mismas palabras que empleamos en la conversación ordinaria, pero les asignamos un significado levemente diferente y más preciso.
El estudio del hombre está estrechamente conectado con la idea de la evolución del hombre, pero ésta deberá entenderse de un modo levemente distinto del corriente. Por lo común, la palabra evolución aplicase al hombre o a algo más que presuponga una especie de evolución mecánica; quiero decir que ciertas cosas, por ciertas leyes conocidas o desconocidas, se transforman en otras cosas, y estas otras cosas se transforman aún en otras cosas, y así sucesivamente. Pero desde el punto de vista de este sistema, tal evolución no existe: no hablo en general, sino específicamente del hombre. La evolución del hombre, si ocurre, sólo puede ser el resultado del conocimiento y del esfuerzo; mientras el hombre sólo conozca lo que puede conocer del modo corriente, para él no hay evolución ni la hubo jamás.
En este sistema, el estudio serio comienza con el estudio de la psicología, es decir, con el estudio de uno mismo, porque la psicología no puede estudiarse, como ocurre con la astronomía, fuera de uno mismo. El hombre tiene que estudiarse. Cuando me dijeron eso, e inmediato advertí que no tenemos método alguno de estudio de nosotros mismos y ya poseemos muchas ideas equivocadas acerca de nosotros. De modo que comprendí que debemos librarnos de la ideas equivocadas acerca de nosotros y al mismo tiempo encontrar los métodos para estudiarnos.
¿Tal vez comprenden qué difícil es definir lo que significa psicología? Hay tantos significados atribuidos a las mismas palabras en los diferentes sistemas que es difícil tener una definición general. De modo que empezamos definiendo a la psicología como el estudio de uno mismo.
Ustedes tienen que aprender ciertos métodos y principios y, de acuerdo con estos principios y usando estos métodos, tratarán de verse desde un nuevo punto de vista.»
(Ouspensky, El Cuarto Camino, Editorial Kier, Buenos Aires, 2000, págs. 7-8).