Los ciegos ante el ser trascendente

“Los ciegos para el Ser pasan incluso por ser los únicos que ven de verdad.”
Martin Heidegger

domingo, 28 de junio de 2009

El desarrollo del Ego y sus etapas


El desarrollo del Ego o Alma humana es un tema que a nivel esotérico involucra una enorme complejidad. Cualquier lectura del libro Tratado sobre Fuego Cósmico de Alice Bailey (El Tibetano), por esotéricamente superficial que sea, nos muestra que para comprender a fondo esta evolución es necesario comprender al propio tiempo la evolución del sistema solar (donde evoluciona nuestro Logos Solar) y la evolución de los propios esquemas planetarios que componen nuestro sistema solar. El motivo es que todas ellas se realizan en íntima conexión y la energía de conciencia y sus expansiones experimentadas por el Logos Solar y por nuestro Logos Planetario (y el resto de Logos Planetarios) se dan al propio tiempo que las expansiones de conciencia de los Egos que evolucionamos dentro de estas vidas en las cuales "nos movemos, existimos y tenemos nuestro ser".





Al propio tiempo existe una íntima conexión entre estas tres evoluciones y la correspondiente evolución de los Devas (ángeles) solares y lunares (no puedo extenderme aquí sobre este profundo tema tampoco). Por tanto, sólo pretendo con estos comentarios hacer ver la profundidad y maravillosa luz y verdad que se obtiene al comprender estas cuestiones, aunque sea en una mínima parte.




Sin embargo al ser el Tratado sobre Fuego Cósmico una obra superior y de lectura posterior, comenzaré exponiendo unos fragmentos tomados de la Sicología Esotérica, obra del mismo autor. Esperemos que logre arrojar alguna luz sobre estos trascendentales temas esotéricos.

1. LAS TRES ETAPAS DEL DESARROLLO DEL EGO. (Alice Bailey, Sicología Esotérica II. Tratado Sobre los Siete Rayos, pp. 21).

"Debemos recordar constantemente las siguientes afirmaciones. La personalidad es una triple combinación de fuerzas que impresionan y controlan totalmente el cuarto aspecto de la personalidad, el cuerpo físico denso. Las tres clases de energía de la personalidad son el cuerpo etérico, vehículo de la energía vital, el cuerpo astral, vehículo de la energía de la sensación o fuerza sensoria, y el cuerpo mental, vehículo de la inteligente energía de la voluntad, destinado a ser el aspecto creador dominante. La ciencia cristiana ha puesto el énfasis en esta verdad. Dichas fuerzas constituyen el hombre inferior."

Comentario
: Forma parte de las enseñanzas teosóficas la existencia de estos tres cuerpos inferiores. Existen también tres superiores si dividimos el cuerpo mental en inferior y superior. Los tres cuerpos superiores que componen el ego son: Manas Superior (Mente superior), Buddi (Sabiduría amorosa) y Atma (Voluntad espiritual). Los tres inferiores, a su vez, junto con el cuerpo físico denso, forman lo que se llama el Cuaternario Inferior o Personalidad. También el Cuaternario inferior es llamado Personalidad en el Cuarto Camino de Gurdjieff, en oposición a la Esencia, que correspondería al ego o Angel Solar de la Sabiduría Arcana transmitida por A. Bailey (El Tibetano).


Lo esencial a destacar es que estos cuerpos inferiores deben unificarse y actuar de modo sintético antes de poder ponerse bajo la luz o control del Angel Solar, ego o Yo Superior. Mientras somos un conjunto de yoes en desorden (Cuarto Camino) que reponden sólo a los dictados del cuerpo denso o del cuerpo de deseos, nada se puede adelantar en el camino de la evolución interior.

"El ángel solar es una combinación dual de energías -la energía del amor y la energía de la voluntad o propósito-, cualidades del hilo de la vida. Cuando ambas dominan a la tercera energía, la de la mente, producen al hombre perfecto. Ellas explican el problema humano; indican al hombre su objetivo; justifican y definen la energía de la ilusión, y señalan el camino del desarrollo sicológico que conduce al hombre (desde el triángulo de la triplicidad y de la diferenciación) a través de la dualidad a la unidad."

Comentario
: Voluntad (Atma) que es el aspecto superior del ego y Amor (Buddi) que es el inmediato inferior, cuando están perfectamente integrados bajo la iluminación del propósito de la voluntad espiritual (Atma), dominan al aspecto inferior del ego (Manas o Mente) y mediante ella dirigen con sabiduría amorosa la personalidad (Cuaternario inferior).


El "triángulo de la triplicidad" se refiere a los tres cuerpos, a saber, físico, astral y mental, cuando no están unificados.

La "dualidad" es un segundo estadio de desarrollo del hombre -que cuesta a veces muchos años conseguir- que consiste en el dominio de la energía de Atma, unificada con Buddi, sobre el Cuaternario inferior unificado a su vez.

La "unidad" es un estadio de desarrollo del hombre que se consigue en las iniciaciones superiores, un estado de sabiduría, amor y poder empleados en el servicio de la humanidad y en conjunción con la Jerarquía del que poco podemos comprender en los escalones inferiores de aspiración espiritual. Sí podemos saber que consiste en el control de la energía del alma, Angel solar o ego por parte de la energía sublime de la Mónada (la chispa divina o trinidad en nosotros). De este modo, cuando la mónada está perfectamente unificada con el ego o Yo Superior, el hombre logra la unificación suprema y entra en el reino de la vida divina.

"Éstas son verdaderas prácticas, de allí la razón por la que los esotéricos ponen hoy predominante énfasis sobre la comprensión del Plan; lo mismo sucede en forma similar en el trabajo de los sicólogos al tratar de interpretar al hombre, y de allí también las diferencias respecto al mecanismo humano, de manera que al hombre se lo ve como quien dice, disecado en sus partes componentes. Se está reconociendo que la cualidad del hombre determina externamente el lugar que ocupa en la escala de la evolución, pero la sicología moderna de la escuela extremadamente materialista supone erróneamente que la cualidad del hombre está determinada por su mecanismo, mientras que el factor determinante es lo contrario."

Comentario: En este fragmento, el maestro sólo expresa la practicidad de estas verdades y una apreciación sobre el tremendo error de la psicología occidental que parte de lo inferior para explicar lo superior cuando la verdad es exactamente lo contrario.






sábado, 27 de junio de 2009

Las dos primeras Iniciaciones


CAPÍTULO IX

EL SENDERO DE LA INICIACIÓN


Después de un período breve o largo, el discípulo se encuen­tra ante el Portal de la Iniciación. Debe recordarse que, a me­dida que nos acercamos al Maestro y al Portal, se llega como dice el libro Luz en el Sendero: "con los pies bañados en la sangre del corazón". Cada paso trascendido se da mediante el sacrificio de todo lo que es querido por el corazón en algún plano, y este sacrificio debe ser siempre voluntario. Quien huella el sendero de probación y el de santidad, sabe el precio que debe pagar, ha reajustado el sentido de los valores y, por lo tanto, no juzga como lo hace el hombre mundano. Quien intenta "arrebatar el reino por la violencia", lo hace porque está preparado para el consi­guiente sufrimiento. Quien considera que nada tiene valor ex­cepto alcanzar la meta, está dispuesto a sacrificar su propia vida en la lucha para que predomine el yo superior sobre el yo inferior.


Las dos primeras Iniciaciones.


En la primera iniciación, el ego debe haber controlado en gran medida al cuerpo físico y vencido "los pecados de la carne", según la fraseología cristiana. No deben prevalecer la gula, el alcoholismo, ni el libertinaje, ni satisfacerse las exigencias del ele­mental físico; por lo tanto el control debe ser total y la tentación vencida. Debe mantenerse una actitud general y una fuerte dis­posición de obediencia al ego. Entonces el canal entre lo superior y lo inferior se expande, y la carne obedece prácticamente en for­ma automática.


El hecho de que no todos los iniciados estén sometidos a esta norma, quizás se deba a varias cosas, pero debe emitirse la nota de la rectitud; el reconocimiento de sus debilidades deben hacerlo sincera y públicamente, y conocerán la lucha entablada para adap­tarse a las normas superiores, aunque no logren la perfección. Los iniciados pueden caer, y caen, incurriendo por consiguiente en el castigo de la ley, y también perjudicar, y perjudican, al grupo con su caída; en consecuencia, deben someterse al karma del reajuste, teniendo que expiar el daño mediante un servicio más prolongado, donde los miembros del grupo, aunque inconscientemente, aplican la ley. Su progreso se verá seriamente obstaculizado, y se per­derá mucho tiempo en agotar el karma con las unidades perjudi­cadas. Debido al hecho de que un hombre es un iniciado y, por lo tanto, un medio para una fuerza muy acrecentada, sus desvia­ciones del recto sendero tienen más poderosos efectos que los de un hombre menos avanzado. Su premio y castigo serán igualmente mayores. Debe pagar inevitablemente el precio antes de permi­tírsele proseguir en el camino. Respecto al grupo perjudicado por él, ¿cuál debe ser su actitud? Reconocer la gravedad del error, aceptar inteligentemente los hechos, abstenerse de críticas poco fraternas e irradiar amor sobre el hermano pecador; todo esto, juntamente con cualquier acción, aclarará al público que tales pecados e infracciones a la ley no son perdonados. A esto se debe añadir la actitud mental del grupo implicado, que conducirá (mien­tras actúa con firmeza) al hermano equivocado a ver su error, cumplir su karma retribuidor y luego ser reincorporado a la con­sideración y respeto, después de hacer las debidas enmiendas.


No toda la gente se desarrolla en las mismas o paralelas líneas, por lo tanto, no es posible dictar reglas rígidas invariables, res­pecto al proceso exacto de cada iniciación, determinar qué cen­tros deben ser vivificados o qué visión ser adjudicada. Mucho depende del rayo a que pertenece el discípulo, de su desarrollo en cualquier dirección (pues no todos suelen desarrollarse similar­mente), de su karma individual y también de las exigencias de algún período especial. Sin embargo pueden hacerse muchas su­gerencias: En la primera iniciación, o el nacimiento del Cristo, generalmente se vivifica el centro cardíaco, a fin de obtener un control más eficaz del vehículo astral y prestar un mayor servicio a la humanidad. Después de esta iniciación se enseña princi­palmente al iniciado lo concerniente al plano astral; debe estabi­lizar su vehículo emocional y aprender a actuar en el plano astral con la misma soltura y facilidad con que lo hace en el plano físico; debe entrar en contacto con los devas astrales; aprender a con­trolar a los elementales del astral; actuar con facilidad en los subplanos inferiores, y acrecentar el valor y la calidad de su tra­bajo en el plano físico. En esta iniciación pasa del Aula del Apren­dizaje al Aula de la Sabiduría. Entonces se le da especial impor­tancia al desarrollo astral, aunque su equipo mental se desarrolla constantemente. Muchas vidas transcurren entre la primera y se­gunda iniciaciones. Puede pasar un largo período de encarnacio­nes antes de perfeccionar el control del cuerpo astral y el iniciado estar preparado para el próximo paso. En forma interesante apa­rece en El Nuevo Testamento esta analogía en la vida del iniciado Jesús. Pasaron muchos años entre el Nacimiento y el Bautismo, pero en tres años dio los tres pasos restantes. Una vez pasada la segunda iniciación, el progreso es rápido; la tercera y cuarta ini­ciaciones seguirán probablemente en la misma vida o en la si­guiente.


La segunda iniciación constituye la crisis del control del cuer­po astral. Así como en la primera iniciación se manifiesta el con­trol del cuerpo físico denso, en la segunda se manifiesta análoga­mente el control del astral. El sacrificio y la muerte del deseo ha sido la finalidad del esfuerzo. El ego dominó al deseo, y sólo queda el anhelo de lo que es para beneficio del todo, de acuerdo a la voluntad del ego y del Maestro. El elemental astral es controlado, el cuerpo emocional se torna puro y límpido y va desapareciendo rápidamente la naturaleza inferior. Entonces el ego se aferra nue­vamente a los dos vehículos inferiores y los somete a su voluntad. La aspiración y anhelo de servir, amar y progresar, llegan a ser tan intensos, que por lo general se observa un desarrollo muy rá­pido. Esto explica por qué, esta iniciación y la tercera, se suceden con frecuencia (aunque no invariablemente) en una misma vida. En este período de la historia del mundo se ha dado tal estímulo a la evolución, que las almas aspirantes ‑al sentir la angustiosa y perentoria necesidad de la humanidad‑ sacrifican todo a fin de satisfacer esa necesidad.


Además, no debe incurrirse en el error de creer que todo esto sigue invariable y consecutivamente los mismos pasos y etapas. Mucho se realiza al unísono y simultáneamente, porque el esfuer­zo en ejercer control es lento y penoso, pero en el intervalo entre las tres primeras iniciaciones debe lograrse y mantenerse una eta­pa definida en la evolución de cada uno de los tres vehículos infe­riores, antes de ser posible una mayor expansión, sin peligro, del canal. Muchos actúan en los tres cuerpos, a medida que huellan el sendero de probación.


Si en esta iniciación se sigue el curso común (lo que no es del todo seguro) se vivifica el centro laríngeo. Esto desarrolla la capa­cidad de aprovechar las adquisiciones de la mente inferior en ser­vicio del Maestro y ayuda al hombre; otorga la habilidad de dar y expresar aquello que constituirá una ayuda, posiblemente a través de la palabra hablada, pero indefectiblemente al prestar algún tipo de servicio. Acuerda una visión de las necesidades del mundo, y muestra otra parte del plan. Por lo tanto, el trabajo que se debe realizar antes de recibir la tercera iniciación es su­mergir totalmente el punto de vista personal en las necesidades del todo, lo que implica el total dominio de la mente concreta por el ego.


Alice A. Bailey (El Tibetano), Iniciación Humana y Solar. Editorial Sirio, Málaga, 1997, págs. 76-78.

domingo, 21 de junio de 2009

El fundamento del espejismo mundial


La filosofía hindú, el yoga milenario, la sabiduría arcana, los misterios antiguos, es decir, toda escuela de Iniciación a lo largo de los milenios y en toda la faz del planeta siempre han mantenido que la humanidad en su estado de progreso de nivel general se encuentra dentro de Maya o Ilusión. Una ilusión fruto de nuestras propias acciones y pensamientos desde los albores de la humanidad.

Más en concreto, desde la Tercera raza raíz de nuestro planeta, Lemuria, y fruto del desenvolvimiento de la conciencia en relación al medio material del hombre y no del conocimiento de los mundos internos como ocurría anteriormente, se fue depositando en el llamado Plano Astral -primer plano inmediatamente más sutil que el material en el cual nos movemos en el cuerpo físico- toda una legión de formas mentales y emotivas fruto de nuestras bajas pasiones, tales como egoísmo, envidia, resentimniento y odio entre otras que fueron constituyendo todo este entramado llamado por El Tibetano (Alice Bailey) el Espejismo mundial.

Los fragmentos que presento aquí no están extraídos de su libro El Espejismo (Glamour). Un problema mundial, sino de otra de sus obras La conciencia del átomo.

En ellos se aprecia cómo la propia evolución de nuestra parte material en cuanto conglomerado de átomos que forma nuestras moléculas y, en consecuencia, nuestras células, tejidos, órganos y cuerpo material y, más allá de esto en cuanto somos organismos que forman conglomerados sociales interconectados por vibraciones e intercambios energéticos psíquicos y espirituales, sufrimos una evolución -en la cual participamos conscientemente en la medida en que nos hacemos conscientes de esta sabiduría- y que esta evolución tiene un objetivo consciente establecido por la Jerarquía espiritual planetaria en conjunción con las jerarquías espirituales cósmicas.

"Vimos que la evolución, sea de la materia o de la inteligencia, conciencia o espíritu, consiste en el siempre creciente poder de responder a la vibración que, mediante un constante cambio, progresa por la aplicación de una política selectiva o el empleo de la facultad discernidora y por el método de desarrollo cíclico o de repetición. Las etapas que caracterizan al proceso evolutivo podrían clasificarse en tres, y corresponden a las de la vida del ser humano: niñez, ado­lescencia y madurez. En lo que concierne al hombre, se ma­nifiestan en la unidad humana o en la raza, y a medida que transcurren y progresan las civilizaciones, se podrá observar la misma triple idea en toda la familia humana, y así nos cercioramos del divino objetivo, estudiando su imagen o reflejo, el HOMBRE. Podemos expresar estas tres etapas en términos más científicos y vincularlas con las tres escuelas de pensamiento referidas, y las analizaremos como:

a. La etapa de energía atómica

b. La etapa de coherencia grupal.

c. La etapa de la existencia unificada o sintética.

Trataré de aclarar el concepto. La etapa de energía atómica concierne mayormente al aspecto material de la vida y corresponde al periodo de la niñez en la vida del hombre o de una raza. Es el período de realismo, de intensa actividad, y ante todo de desarrollo mediante la acción, de pura autocentralización o autointerés. Produce un punto de vista materialista y conduce inevitablemente al egoísmo. Involucra el reconocimiento de que el átomo se basta a sí mismo y que análogamente las unidades humanas tienen vida separada independiente de las demás unidades, sin re­lación entre sí. Esta etapa puede observarse en las razas subdesarrolladas del mundo, en los niños y en los individuos poco evolucionados. Son normalmente autocentrados; de­dican sus energías a su propia vida; se ocupan de lo objetivo y tangible, y los caracteriza un necesario y protector egoís­mo. Es una etapa indispensable en el desenvolvimiento y perpetuación de la raza.

De este período atómico y egoísta surge otra etapa, la de la coherencia grupal, que se supone la construcción de formas y especies hasta obtener algo coherente e individualizado, pero constituido por multitud de individualidades y formas menores. En conexión con el ser humano correspon­de a su conocimiento incipiente de la etapa de responsa­bilidad y al reconocimiento del lugar que le corresponde dentro del grupo. Requiere del individuo la capacidad de reconocer una vida superior a la suya, ya se la denomine Dios o se la considere simplemente como la vida del grupo, al cual pertenecemos como unidad, esa gran Identidad de la cual formamos parte. Esto corresponde a la escuela de pensamiento supernaturalista y con el tiempo lo sustituirá otro concepto más amplio y verdadero. Según hemos visto, la primera etapa o atómica, se desarrolló por el egoísmo o la vida autocentrada del átomo, sea el átomo de la sustancia o el humano; la segunda etapa llega a la perfección por el sacrificio de la unidad, en bien de los muchos, y del átomo, en bien del grupo, en el cual tienen cabida. De esta etapa muy poco sabemos y, frecuentemente, la visualizamos y an­helamos. La tercera etapa está aún muy lejana, y algunos la consideran como una vana quimera. Otros poseen la visión y, aunque inalcanzable ahora, es lógicamente posible si nuestras premisas son exactas y sentamos correctamente las bases de la existencia unificada. Entonces no sólo habrá unidades independientes, átomos diferenciados en la for­ma, grupos constituidos por multiplicidad de entidades, sino que tendremos el conglomerado de formas, grupos y esta­dos de conciencia, fusionados, unificados y sintetizados en un todo perfecto, denominado sistema solar, naturaleza o Dios. Los nombres no tienen importancia. Corresponde a la etapa adulta del ser humano; análoga al período de la ma­durez y a esa etapa donde se supone que el hombre tiene un propósito y trabajo definido en la vida y también un bien determinado, llevado a cabo con la ayuda de su inteligencia. En estas charlas quisiera, si es posible, demostrar que algo similar se está llevando a cabo en el sistema solar, en el planeta, en la familia humana y en el átomo. Confío que podré demostrar que en todo subyace una inteligencia, que de la separación vendrá la unión, producida por la fusión y mezcla grupal y que con el tiempo surgirá de 108 dis­tintos grupos un todo perfecto, plenamente consciente, compuesto por miríadas de identidades separadas, animadas por un sólo propósito y una sola voluntad. Si esto es así, ¿cuál es el paso práctico que deben dar quienes alcancen esta com­prensión? ¿Cómo aplicar prácticamente este ideal a nuestras propias vidas y cómo asegurarnos nuestro inmediato deber a fin de participar y cumplir conscientemente con el plan? En el proceso cósmico tenemos nuestra diminuta participa­ción y en cada día de actividad debemos desempeñar nues­tra parte con inteligente comprensión.

Nuestro primer objetivo debería ser la autocomprensión, por la práctica del discernimiento. Aprender a pensar con claridad, a formular nuestros pensamientos y a dirigir nuestros procesos mentales. Saber lo que pensamos y por qué lo pensamos, y descubrir el significado de la conciencia grupal por el estudio de la ley del sacrificio. No sólo debe­mos descubrir en nosotros la primitiva etapa infantil de egoísmo (que ya debiéramos haber trascendido) y aprender a diferenciar entre lo real y lo irreal, por la práctica del discernimiento, sino a pasar a algo mucho mejor. Nuestra meta inmediata debe ser descubrir el grupo al cual pertene­cemos. No pertenecemos a todos los grupos ni es posible saber cuál es nuestro lugar en el gran grupo, pero podemos encontrar algún grupo donde hallar cabida, un conjunto de personas con el cual colaborar y trabajar, algún hermano a quien socorrer y ayudar. Esto involucra practicar conscientemente el ideal de la hermandad, y -hasta haber evolucionado en la etapa en que nuestro concepto es univer­sal- significa que debemos descubrir el particular grupo de hermanos a quienes podemos amar y ayudar por medio de la ley de sacrificio y la transmutación del egoísmo en amoroso servicio. Así colaboraremos en el propósito general y participaremos en la misión del grupo."


Alice Bailey (El Tibetano) La conciencia del átomo, El campo de la Evolución. Primera Conferencia.

Comentario inicial y selección de fragmentos: Juan Dianes Rubio.

viernes, 12 de junio de 2009

Tratado sobre Magia Blanca. Regla I


Comienzo con este comentario una serie dedicada al Tratado sobre Magia Blanca de Alice Bailey (El Tibetano). Mi objetivo es despertar el interés sobre una obra absolutamente capital del esoterismo, ocultismo o Sabiduría Arcana. A mi entender se trata de uno de los legados más profundos y simples dados a la humanidad en el curso de los siglos y que tiene al propio tiempo la propiedad de ser un camino seguro y auténtico.


En este mundo del ocultismo o misticismo existen múltiples engaños; iniciados que, la mayoría inconscientemente, siguen el sendero de la izquierda; falsos entendidos que pululan por doquier aprovechando la extrema dificultad de un conocimiento que sólo se adquiere uniendo el estudio, la pureza de vida y las prácticas de meditación y servicio a la humanidad.; por último, no quiero dejar atrás tampoco a los que, habiendo asomado apenas la nariz a este mundo y siendo en realidad entes absolutamente terrenos, quieren sacar tajada material y ganar dinero abusando de la ignorancia y ambiciones de lectores cuya falsa personalidad les empuja a la curiosidad y la supuesta adquisición de poderes.


La Jerarquía planetaria, la Hermandad Blanca de supremo poder y sabiduría lucha por la verdadera evolución interior del ser humano, pero esta evolución sólo se realiza cuando libremente queremos realizarla en nosotros.


Mis comentarios han de ser parcos por varios motivos. En primer lugar por imperativo del propio progreso esotérico que nos acerca a la Iniciación, que, como El Tibetano enuncia, ha de realizarse bajo el imperio del propio Yo superior y nunca bajo la guía de alguien que nos conduce con nuestra ciega aquiescencia. Es la meditación, el estudio y el servicio lo que nos pondrá en el buen camino de este objetivo y no la simple lectura ni la guía exterior por sí sola. En segundo lugar porque supongo, como condición necesaria, que la persona se encuentra en ese estadio de la vida en que posee un sentido de los valores y una madurez de la personalidad para distinguir la verdad, la justicia y el bien por una parte y, por otra, el egoísmo, el materialismo y la vanidad como sus opuestos. Es decir, distinguen algo de los verdaderos valores eternos del alma. En tercer lugar, no me considero sino como alguien que, habiendo entrevisto el camino, lleva muchos años en el intento de hollar el Sendero, por lo cual mi objetivo es ayudar a que se lean y reflexionen pausadamente los libros de El Tibetano, en particular este Tratado sobre Magia Blanca y se realice el adecuado trabajo de estudio, meditación y servicio a la humanidad en alguna de sus formas.


Comenzaré, pues, la exposición y comentario de las reglas pertenecientes a este Tratado sobre Magia Blanca.


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“REGLA UNO: El Ángel Solar se recoge en sí mismo, no disipa su fuerza, sino que en profunda meditación se comunica con su reflejo.


(Alice Bailey, Tratado sobre Magia Blanca o El camino del discípulo, Editorial Sirio, Málaga, 2ª edidión: mayo de 2006, página 65.)


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El Ángel Solar es el Fuego Manásico que constituye nuestra alma, es decir, fuego de la mente o inteligencia pura que existe en distintos niveles. Este fuego se manifiesta en el Cuerpo Causal, o Ego, situado normalmente durante las primeras etapas de nuestra evolución, en el tercer subplano del Plano Mental superior y que proviene de un nivel más elevado, del Plano Mental Cósmico, plano de maravilloso amor e inteligencia en el cual se encuentra el Cuerpo Causal del Logos Solar. El logos Solar o entidad que se manifiesta "materialmente" mediante un sistema solar puede ser considerado como manifestación de Dios en relación a nosotros, tal es su altura maravillosa.


El objetivo de meditar sobre el Ángel Solar o Ego es que la “Fría y Clara Luz de la Cabeza”, en palabras de El Tibetano, se expanda. Este fuego Manásico sería el punto central dentro de nuestra cabeza donde se reúnen otros dos fuegos: el Fuego de la Mónada o Espíritu (Fuego Eléctrico), que representa al Padre o Voluntad espiritual amorosa, el cual penetra en nosotros a través del Chakra Coronario y, por otra parte, el Fuego por Fricción o Kundalini que sube por los nadis de la columna vertebral a confluir en la cabeza con el Fuego Manásico y con el Fuego Eléctrico. Esta fusión de los tres fuegos, después de ardua labor, es la que causa la realización total espiritual que recibe distintos nombres (Iluminación, Samadhi, etc.) en los distintos misticismos de las diversas religiones.


En resumen, el objetivo de esta meditación en la fría y clara luz de la cabeza (como la describe El Tibetano en otro lugar) es la confluencia de los tres fuegos dentro de los centros que existen en la cabeza: el de la Mónada (Fuego Eléctrico), representando a la Voluntad o el Padre, el del Ego, (Fuego Manásico o Solar) que representa la Sabiduría amorosa o al Hijo y el de la Personalidad o cuerpos inferiores (Fuego por Fricción), Inteligencia Activa o Espíritu Santo en términos religiosos exotéricos.


Este (El Ángel Solar) “se recoge en sí mismo, no disipa su fuerza” en “profunda meditación”, nos dice la regla. Lo hace para conseguir un estado en que se “comunica con su reflejo”. Veamos, ¿Quién es su reflejo? Su reflejo no es otro que la Personalidad compuesta del cuerpo Físico -que incluye el etérico-, el Astral o cuerpo emocional y el cuerpo Mental inferior -el que empleamos normalmente en las argumentaciones y en la ciencia-. Ésta, la Personalidad tiene que ser elevada, iluminada, purificada y dinaminazada vibratoriamente con las vibraciones superiores del Ángel Solar, Ego o Alma, hasta que se unifique con ella y la Personalidad obedezca al Alma y no a los factores materiales exteriores como el egoísmo, vanidad, ambición y violencia, por citar sólo algunos de los más nefastos.


Quiero cumplir el objetivo de parquedad, pues sólo pretendo despertar el interés por un trabajo largo y laborioso que es necesario realizar por uno mismo. No es cuestión de leer como nos tiene acostumbrados el intelectualismo occidental. Ni siquiera de leer y pensar un poco, sino de reflexionar profundamente lo que se lee, de meditar largamente (técnicas y formas de meditación y luego de contemplación) y de llevar una vida de purificación de lo inferior y de servicio a la humanidad, al mismo tiempo que se trata de captar con la intuición superior (Alma) las verdades profundas de la Sabiduría de las Edades.

Por tanto sólo resta decir cómo efectúo, por mi parte, esta meditación por si a alguien puede servirle: Después de respirar rítmicamente, alternativamente por ambas fosas nasales tal como se describe en cualquier tratado o información sobre Pranayama, colocarse con la columna recta, las piernas apoyadas en el suelo en paralelo, sentados. Las manos sobre las rodillas. Concentrar la atención interior con los ojos cerrados visualizando esa "fría y clara luz de la cabeza" y permanecer en ella con atención suave sin permitir que ningún pensamiento interrumpa esta contemplación. Precisamente el volver a la suave contemplación de esta luz de la cabeza es el método para no seguir ningún pensamiento que ocurra en la mente.

No existen atajos. El camino del progreso interior es de una gran voluntad y persistencia y de un régimen de vida íntegro y de perseguir la hermandad universal o Fraternidad.

Juan Dianes Rubio.

sábado, 6 de junio de 2009

La construcción del Cuerpo de Luz o Iniciaciones


He escrito en alguna ocasión sobre la fundamental coincidencia de las auténticas enseñanzas esotéricas. La iniciación o evolución del hombre, es decir, el paso del ámbito humano (4ª Jerarquía) al Superhumano de los Adeptos (5ª Jerarquía), es la esencia o finalidad de todas estas enseñanzas ancestrales (o basadas en ellas), si es que son auténticas.

Quisiera hoy relacionar el Camino de la Alquimia, o Construcción del Cuerpo de Luz que ha de poseer plenamente el Adepto de 5ª Iniciación con las enseñanzas de El Tibetano.

Nota: He resaltado en negrita algunos fragmentos.

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Por lo tanto se observará que cuándo las distintas energías lle­gan a apropiarse y utilizarse, se convierten en factores condicio­nadores y su sustancia, o mejor dicho la presencia de ciertas ener­gías en el cuerpo etérico de la personalidad, son esenciales antes de poder recibir ciertas iniciaciones. El tema es demasiado com­plejo para desarrollarlo aquí, pero quisiera que consideren con cuidado las diferentes afirmaciones que he hecho, y busquen lue­go la luz dentro de ustedes.

Los rayos son las siete emanaciones de los “siete Espíritus ante el trono de Dios”; Sus emanaciones proceden del nivel moná­dico de percepción o del segundo plano etérico cósmico. En cier­to sentido se podría afirmar que estas siete grandes y vivientes Energías constituyen en su totalidad el vehículo etérico del Lo­gos planetario. Podría decirse también que los procesos evoluti­vos constituyen procesos de eliminación de la sustancia física que se encuentra entre el cuerpo físico denso y el cuerpo astral sensorio, sustituyéndola con sustancia de los cuatro planos superiores, los cuatro éteres cósmicos. Hablando en sentido físico, esta sustitución etérica permite al hombre pasar sucesivamente las cinco iniciaciones, que lo trasforman en un Maestro de Sabiduría.

La primera iniciación concierne exclusivamente al alma del hombre; una vez lograda, penetra una cantidad de energía búdica, llevándose a cabo la trasferencia de los éteres superiores, que son sustituidos por los inferiores. Como es de imaginar, esto produce conflicto; el cuerpo etérico de la persona rechaza el éter superior, produciéndose así las crisis en la vida del iniciado.

El progreso y la iniciación nos han sido presentados como elementos para formar el carácter y servir a la humanidad. Este acercamiento produce también conflicto, entonces la personalidad lucha contra el alma. Pero paralelamente a este bien conocido conflicto se libra otra batalla entre los éteres que componen el cuerpo etérico del discípulo y los éteres superiores descendentes. El hombre no es muy consciente de esto, pero la lucha es muy real, afecta principalmente la salud del cuerpo físico, y tiene lugar en cinco etapas naturales denominadas iniciaciones. El simbolismo del Cetro de Iniciación enseña (durante el proceso iniciático) que dicho Cetro, dirigido por el Cristo o el Señor del Mundo, según el caso, es utilizado para estabilizar los éteres superiores dentro de la personalidad mediante un acceso de energía aplicada, que permite al iniciado retener aquello que desciend­e, pues “así como es arriba es abajo”.

Alice Bailey (El Tibetano),Telepatía y el Vehículo Etérico, Editorial Sirio, Málaga, 2003, pp. 142-143.

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