Los ciegos ante el ser trascendente

“Los ciegos para el Ser pasan, incluso, por ser los únicos que ven de verdad.”
Martin Heidegger
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lunes, 12 de noviembre de 2012

Identidad y sabiduría




La identidad, cuando se convierte en un fuego cerebral ardiente nos lleva a la perdición.

Nunca ha estado la verdad ni la profundidad de la sabiduría en ninguna identificación, pues toda identificación se aleja de la sabiduría y se acerca en mayor o menor grado a la adscripción partidista como primer escalón de la subida que lleva a todo fanatismo desde el principio de los tiempos.

Toda postura surge de alguna fuente de pensamiento -o de no pensamiento cuando se trata de algún sentimiento o emoción que no se hace consciente-; de un pensamiento que, naturalmente, tiene sus antecedentes y su historia, siendo por lo tanto esa postura u opinión absolutamente determinado o limitada en su naturaleza y propiedades de verdad.

Por esto, el "intervenir no interviniendo" es la posición en la vida del que actúa, es benevolente, hace lo que puede por sus semejantes en cada circunstancia, pero no ideologiza, no elucubra, no pretende que su posición vaya a causar un bien absoluto ni que no tenga alguna sombra de mal en sus consecuencias, aunque sean lejanas. 

En este mundo no hay nada perfecto y todo, incluso el bien que hacemos, se puede convertir en mal de alguna forma. Todo polo genera un anti-polo, toda idea su idea opuesta, toda adscripción sus oponentes.

Es por esto que el verdadero estilo intelectual y vital, huye de posturas demasiado "enrocadas". El ser demasiado "creyentes" en un sólo polo de la realidad, no produce ningún bien al mundo. 

Es necesario comprender que la razón plena es raro que esté en una sola postura dentro de los asuntos metafísicos, religiosos, sociales, económicos, políticos e, incluso científicos. Con un sólo polo no circula la electricidad, hacen falta los dos polos, el Yin y el Yan, lo masculino y lo femenino, la luz y la oscuridad.

domingo, 13 de febrero de 2011

Política e ideología


No podemos esperar por muy ideal que sea la esencia moral de un partido,  es decir la trama de principios o valores que lo fundamentan, que ésta influya en las personas o electores después que  los mismos constaten que esta ideología, fundamento de dicho partido, no se pone por obra, no afecta a la práctica política, no mueve a sus miembros como los únicos posibles realizadores del ideal del partido. 

Aquí se encuentra el cáncer moral que carcome a los grandes partidos,  sobre todo cuando están gobernando, aunque se obstinen en echar culpas a las crisis -que las hay y fuertes- o en matar al mensajero -que sólo denuncia lo que está sucediendo.

Por tanto, jamás puede un partido influir en los ciudadanos  si estos  tienen  clara, como fenómeno intersubjetivo de conciencia colectiva, la verdad de actuaciones de este partido en contra de la felicidad, bienestar, dignidad o libertad de la gente y ve que con sus actos demuestran que siguen postergando y despreciando su propia ideología fundacional ya que no la transforman en vida de cada día en sus actuaciones políticas.

De este modo, se impone al político una grave disyuntiva: o bien trata de realizar su ideario como modelo de valores del tipo de  sociedad que defiende o bien su tiempo de resonancia social o vida política se verá reducido a lo que tarde el cuerpo social en asimilar como suya esta experiencia de una traición constante a sus postulados y termine dando muerte a la existencia de tal opcion política, es decir, certifique su muerte como partido o su inoperancia parcial, al menos, hasta que se lleve a cabo una profunda renovación en sus dirigentes y forma de gestión.